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Nombre | Alexandra |
Apellido | Bykova |
Edad | 26 años |
Cumpleaños | 27 de Noviembre |
Género | Futanari |
Nacionalidad | Rusa |
Ocupación | Militar |
Altura | 173 cm |
Peso | 78 kg |
Polla | 35.5 cm |
Historia
La infancia de Alexandra Bykova nunca fue convencional. Nacer en Rusia ya suponía un comienzo marcado por el frío implacable y la estricta disciplina de una sociedad casi dictatorial, y su hogar no era una excepción. Aunque sus padres la amaban profundamente, el ambiente que la rodeaba era uno de altas expectativas y rigidez. Alexandra creció en un entorno donde la perfección era la norma, y la figura que más influyó en su vida fue su abuelo paterno, un hombre de carácter inflexible y alto rango militar, que esperaba que su nieta encarnara la rectitud que nunca pudo lograr en su propio hijo.
En la escuela, Alexandra mostró desde joven una naturaleza decidida y disciplinada, destacándose por su comportamiento ejemplar. A pesar de su seriedad y dedicación, tenía una capacidad innata para socializar. Sus compañeros, aunque sorprendidos por su determinación y madurez, la respetaban y, a menudo, veían en ella un modelo a seguir. A la hora del recreo, no era raro encontrarla rodeada de amigos, quienes se sentían privilegiados de contar con la compañía de la chica más capaz y sobresaliente de la escuela. La mayoría de ellos sabía que, aunque parecía inalcanzable, Alexandra nunca los rechazaba y siempre ofrecía su apoyo cuando se lo pedían.
Pero con el paso de los años, la pubertad alcanzó a Alexandra de una manera que no pasó desapercibida. A medida que su cuerpo comenzó a transformarse, algo en ella destacó por encima de sus compañeros: una belleza cautivadora que atraía la atención de los chicos. Sin embargo, lo que realmente la diferenciaba era su naturaleza como chica futanari, un aspecto de su identidad que, en su familia, jamás fue motivo de preocupación o rechazo. En lugar de esconderlo, Alexandra aceptó y abrazó su singularidad. Además, la disciplina que su abuelo le había inculcado se reflejó en su vida cotidiana: después de la escuela, Alexandra se dedicaba con fervor a entrenar, fortaleciendo su cuerpo y perfeccionando sus habilidades. Con el tiempo, sus entrenamientos dieron frutos. Su figura se tonificó, se volvió más fuerte, y su destreza física la convirtió en una figura imponente que rápidamente comenzó a destacar, especialmente cuando comenzaba a competir con los chicos de su instituto, quienes pronto se vieron superados por su poder físico.
A los 18 años, la vida de Alexandra dio un giro inesperado con dos eventos significativos. El primero fue la muerte de su abuelo paterno, quien falleció a causa de una neumonía complicada. Para Alexandra, este fue un golpe devastador, ya que no solo había perdido a la figura más importante de su vida, sino que también se sintió obligada a honrar el legado que él había dejado. Con la muerte de su abuelo, Alexandra tomó la decisión de unirse al ejército ruso, convencida de que esa era la mejor manera de cumplir con las expectativas de su familia y su propio sentido del deber. Ser la nieta del general Bykova le otorgaba un estatus inmediato dentro de las fuerzas armadas, pero Alexandra no quería depender de su apellido. Estaba determinada a forjar su propio camino, a ganarse el respeto de sus compañeros por su capacidad y méritos propios.
Desde el primer día en los entrenamientos, Alexandra sorprendió tanto a sus superiores como a sus compañeros por su impresionante habilidad y destreza física. En cada ejercicio, su desempeño era impecable, y su determinación a toda prueba. En los barracones femeninos, no pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en una figura de admiración y asombro. Su musculatura, fruto de años de disciplina, era evidente, pero lo que realmente llamaba la atención era su miembro, notablemente más grande que el de cualquier hombre que sus compañeras pudieran haber visto. No solo era fuerte físicamente, sino que su presencia tenía algo inquebrantable, algo que dejaba claro que Alexandra no era una persona a la que subestimar.
Tras varios años de servicio y especialización en las fuerzas aéreas, Alexandra fue asignada a un conflicto armado en Ucrania. Aunque la misión parecía ser un enfrentamiento fácil, pronto la situación dio un giro inesperado. Durante una batalla, el ejército ruso fue sorprendido por las fuerzas estadounidenses, quienes, con su superioridad táctica, rápidamente pusieron en apuros a las tropas rusas. En medio del caos, el avión de Alexandra perdió el control y se vio obligada a eyectarse en territorio enemigo. Tras varios días de vagar sola por tierras hostiles, fue finalmente encontrada por un pelotón estadounidense. Sin embargo, los soldados no estaban allí para luchar. En realidad, estaban allí para evitar que la guerra se prolongara, una causa que Alexandra, aunque inicialmente leal a su país, pronto comenzó a cuestionar.
Al ver la situación, Alexandra entendió que el conflicto en el que estaba involucrada no era algo por lo que quisiera seguir luchando. Sabía que su abuelo se habría avergonzado de ella, pero también sabía que no podía continuar sirviendo a una causa que ya no compartía. Fue entonces cuando tomó una decisión radical: desertar. Decidió solicitar asilo en las fuerzas estadounidenses, abandonando su lealtad a Rusia a cambio de ofrecer sus habilidades y experiencia al ejército norteamericano. Los oficiales estadounidenses, aunque dubitativos al principio, aceptaron su solicitud. Fue trasladada a una base aérea cercana a Rockfield, Kentucky, donde tendría la oportunidad de demostrar su destreza y, lo más importante, su nueva lealtad a una causa que, por fin, sentía que valía la pena.