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Nombre | Marisa |
Apellido | Carter |
Edad | 30 años |
Cumpleaños | 11 de Mayo |
Género | Futanari |
Nacionalidad | Estadounidense |
Ocupación | Sargento de Policía |
Altura | 182 cm |
Peso | 92 kg |
Polla | 35 cm |
Historia
Desde el primer aliento de su vida, Marisa Carter fue una luchadora. Su padre solía recordárselo con orgullo, asegurándole que su existencia misma era una prueba de fortaleza. Su madre había tenido un embarazo complicado, con complicaciones que amenazaban tanto su vida como la de la niña que crecía en su vientre. Cuando finalmente nació, Marisa era frágil, pequeña y con pocas probabilidades de sobrevivir. Pasó semanas en la unidad de cuidados intensivos neonatales, conectada a máquinas, rodeada de luces parpadeantes y el constante pitido de monitores. Pero Marisa resistió. Un mes después, estaba lo suficientemente fuerte como para irse a casa con sus padres.
Sin embargo, la familia no tardó en romperse. Poco después de su primer cumpleaños, su madre desapareció de sus vidas. Marisa nunca supo por qué. Su padre jamás hablaba del tema, y cualquier intento de preguntar solo obtenía respuestas evasivas. Lo único que le quedaba era él: un hombre íntegro, fuerte y trabajador que nunca dudó en poner a su hija por encima de todo.
Como detective del Departamento de Policía de Rockfield, el trabajo de su padre era exigente, pero siempre encontraba tiempo para ella. La estación de policía se convirtió en el segundo hogar de Marisa. Creció entre archivadores llenos de expedientes, tazas de café humeantes y el murmullo constante de oficiales compartiendo teorías sobre casos sin resolver. Después de la escuela, se sentaba en la oficina de su padre, observando cómo los detectives trabajaban, absorbiendo más de lo que cualquiera podría imaginar. Aprendió a leer entre líneas en los informes, a interpretar las expresiones cansadas de los policías y a entender que la justicia era un juego de paciencia y persistencia.
Pero incluso en casa, Marisa era distinta. No solo por ser futanari, sino por su físico. Su padre era un hombre grande, y desde pequeña quedó claro que había heredado su complexión. En la primaria, mientras sus compañeros apenas desarrollaban fuerza, ella ya destacaba en atletismo. Corría más rápido, saltaba más alto y era más fuerte que todos. En la secundaria, se convirtió en la estrella del equipo de atletismo, rompiendo récords en cada competición. Cuando llegó a la preparatoria, decidió ir más allá y se unió al equipo de fútbol americano, convirtiéndose en la primera mujer en lograrlo en su escuela.
No todos la recibieron con los brazos abiertos. Algunos de sus compañeros, especialmente los jugadores veteranos, la vieron como una intrusa. Después de su primera práctica, un grupo de ellos decidió gastarle una broma. Esperaron a que entrara a la ducha y, cuando creyeron que estaba distraída, intentaron robar su ropa. Pero en cuanto la vieron desnuda, la broma se convirtió en un golpe de realidad. Sus músculos superaban los de cualquiera de ellos… y su polla, era fácilmente más grande que la de todos ellos juntos. Fue la última vez que alguien intentó meterse con ella.
Su talento no pasó desapercibido. Gracias a su rendimiento en el campo, Marisa obtuvo una beca para la prestigiosa Universidad de Rockfield. Su futuro era prometedor. No solo estaba a punto de convertirse en la primera mujer y la primera futanari en la liga profesional de fútbol americano, sino que tenía el potencial para cambiar la historia del deporte. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzar su sueño, la tragedia la golpeó con una brutalidad inesperada.
Su padre fue asesinado.
El hombre que había sido su roca, su mentor y su mayor apoyo, murió en el cumplimiento de su deber. Estaba investigando un caso cuando alguien lo encontró primero. El informe oficial hablaba de un asesinato rápido y eficiente, sin testigos, sin pruebas suficientes para señalar a un sospechoso.
La noticia destrozó a Marisa. Su mundo, que había estado tan claramente definido, se convirtió en un vacío de confusión y desesperación. Perdió el interés en el fútbol, en su carrera, en todo. La depresión la consumió. Intentó seguir adelante, pero cada vez que entraba a un campo de juego, sentía el peso de la ausencia de su padre. Eventualmente, abandonó su sueño.
Durante un año, se limitó a sobrevivir, trabajando como entrenadora personal para mantenerse ocupada. Pero la sensación de vacío nunca desapareció. Hasta que tomó una decisión.
Se inscribió en la Academia de Policía de Rockfield.
El caso de su padre había quedado en el olvido. No había avances, no había sospechosos, no había justicia. Para Marisa, eso era inaceptable. Se prometió a sí misma encontrar al asesino, sin importar cuánto tiempo tomara.
Durante la siguiente década, trabajó incansablemente. Se convirtió en una oficial destacada, ascendiendo rápidamente en el departamento gracias a su determinación y habilidades analíticas. En su tiempo libre, revisaba el expediente de su padre una y otra vez, buscando conexiones, pistas ocultas, cualquier cosa que pudiera haber pasado desapercibida. Y entonces, lo vio.
Había patrones. Su padre no había sido el único. Otros casos sin resolver presentaban similitudes inquietantes. Víctimas que, aparentemente, no tenían relación entre sí, pero cuyos asesinatos compartían ciertos detalles que no podían ser coincidencia. Uno de los casos llamó particularmente su atención: Ashley Smith. Al principio, se negaba a creerlo. Pero a medida que investigaba más, la verdad se volvió innegable: Rockfield tenía un asesino en serie.