Datos
Nombre Maya
Apellido Fernández
Edad 26 años
Cumpleaños 9 de Septiembre
Género Futanari
Nacionalidad Española
Ocupación Repostera
Altura 179 cm
Peso 77 kg
Polla 32 cm

Historia

Maya Fernández nació en Águilas, un pintoresco pueblo costero del sur de España. Desde el momento en que vino al mundo, llamó la atención de los médicos, pues había nacido futanari, una condición extremadamente inusual en el país y aún más en un lugar tan pequeño y conservador. Su madre, una mujer soltera con formación en enfermería, sintió un miedo profundo al notar el interés excesivo de los especialistas. Sabía que en un entorno médico más ambicioso, su hija podría ser tratada como un caso de estudio, un fenómeno a analizar en lugar de una niña con derecho a una infancia normal. Temiendo que Maya terminase convertida en un objeto de investigación, tomó la decisión de alejarla del sistema sanitario lo máximo posible.

Siempre que su hija enfermaba, su madre recurría a todo su conocimiento y experiencia para tratarla en casa. Aplicaba remedios caseros, controlaba su alimentación y, cuando la situación lo requería, conseguía medicinas de forma discreta. Sin embargo, por mucho esfuerzo y dedicación que pusiera, no siempre podía proporcionarle la atención necesaria. Hubo ocasiones en las que Maya tardó más de la cuenta en recuperarse o en las que su estado de salud fue más grave de lo que su madre podía manejar. Aun así, el miedo a exponerla era más fuerte que la preocupación por las posibles complicaciones.

Conforme crecía, el comportamiento de Maya comenzó a levantar sospechas en la escuela. Sus profesores notaron que evitaba a toda costa acudir a la enfermería, incluso en situaciones en las que lo necesitaba. Si se sentía mal, fingía estar bien; si se lastimaba, intentaba disimular el dolor. Al principio, los docentes no le dieron mayor importancia, pero con el paso de los años, la actitud de la niña se volvió demasiado evidente. Sus maestros empezaron a preguntarse si había algún problema en casa y, tras varios intentos de hablar con su madre sin obtener respuestas satisfactorias, decidieron informar a los servicios sociales.

La intervención fue rápida. Un equipo de trabajadores sociales visitó el hogar de Maya e iniciaron una investigación. Revisaron sus condiciones de vida, hablaron con vecinos y recopilaron información de la escuela. Para su madre, la situación se volvió angustiante. Intentó explicar sus razones, argumentando que solo quería proteger a su hija y evitar que fuera tratada como un experimento, pero sus palabras no convencieron a las autoridades. La respuesta fue contundente: si no llevaba a Maya a recibir atención médica regularmente, la niña sería retirada de su custodia y colocada en una familia de acogida.

Ante esta amenaza, su madre tomó una decisión radical. En lugar de ceder, vendió lo poco que tenía, arregló los trámites necesarios y se marchó del país con Maya. Su destino fue Rockfield, en Estados Unidos, un país con una mentalidad más abierta en cuanto a la diversidad biológica y de género. El cambio fue abrumador. Maya no solo tuvo que adaptarse a un nuevo idioma, sino también a una cultura diferente. Sin embargo, por primera vez en su vida, no sintió que la miraban como una rareza. En Rockfield, ser futanari era algo excepcional, sí, pero no algo que la convirtiera en un fenómeno a estudiar ni en un motivo de exclusión.

Mientras su madre conseguía empleo en el centro médico local, Maya continuó con sus estudios de secundaria. Poco a poco, su vida comenzó a estabilizarse. Hizo amigos, se integró en la comunidad y dejó de vivir con el miedo constante de ser descubierta. Tanto ella como su madre sintieron un profundo alivio al ver que su pasado quedaba atrás y que por fin podían llevar una vida sin temor a la persecución.

A los 20 años, Maya descubrió su verdadera pasión: la cocina. Al principio, era solo un pasatiempo, una forma de relajarse y experimentar con sabores, pero con el tiempo se convirtió en algo más. Se inscribió en cursos especializados, donde aprendió los fundamentos de la gastronomía y se sintió particularmente atraída por la repostería. Horas y horas de práctica en casa le permitieron desarrollar su propio estilo, combinando técnicas tradicionales con toques innovadores.

Al ver la dedicación y el amor que su hija ponía en cada plato, su madre decidió apoyarla de la mejor manera posible. Con gran esfuerzo y sacrificio, ahorró lo suficiente para comprarle un pequeño local en el centro del pueblo. Fue un proceso largo y complicado, desde la obtención de permisos hasta la adecuación del espacio, pero finalmente, Maya logró abrir su propia cafetería.

El establecimiento se convirtió en su refugio, su mundo, el lugar donde podía ser completamente ella misma. Cada día, recibía a clientes con una sonrisa, experimentaba con nuevas recetas y disfrutaba de la satisfacción de ver a las personas felices con su comida. Pero, más allá del éxito de su negocio, la cafetería también le ofreció algo más: un espacio de autodescubrimiento, donde, a su manera, exploraba nuevas formas de conocer su cuerpo y satisfacerse plenamente.