Datos
Nombre Sayuki
Apellido Fujimura
Edad 20 años
Cumpleaños 18 de Octubre
Género Futanari
Nacionalidad Japonesa
Ocupación Desempleada
Altura 169 cm
Peso 48 kg
Polla 34.5 cm

Historia

Sayuki Fujimura nació en un hogar humilde de Osaka, en una casa donde la alegría de su llegada fue eclipsada por las expectativas incumplidas de su padre. Como tercera hija de tres hermanas, Sayuki representaba una frustración profunda para un hombre que había deseado con todo su ser tener un hijo varón, un hijo que encarnara el honor y la tradición japonesa. Sin embargo, el destino no le concedió el varón anhelado, sino a una niña que, además, nació futanari. Para su padre, esa condición no solo era una vergüenza personal, sino un ultraje social que ni él ni la familia podían tolerar. En una sociedad que no comprendía ni aceptaba su naturaleza, Sayuki se convirtió en una carga, un símbolo de la decepción y la humillación.

Desde que era pequeña, Sayuki vivió marcada por ese rechazo, una presión que la acompaña como sombra. Su madre, una mujer sumisa, siempre se inclinaba ante la voluntad de su marido, apenas levantando la voz, y mucho menos defendiendo a su hija. La madre de Sayuki, aunque profundamente preocupada por ella, no sabía cómo protegerla en una sociedad que condenaba todo lo que su hija representaba.

A pesar de todo, Sayuki encontró en sus dos hermanas mayores un refugio de amor y aceptación. Ellas la veían como una persona valiosa, más allá de lo que su padre le dictaba, y la animaban constantemente a sentirse orgullosa de su identidad. En casa, vivió atrapada entre el Japón tradicional, que insistía en esconder su verdadero ser, y un Japón más moderno, simbolizado por sus hermanas, que la alentaba a no avergonzarse de sí misma. Mientras su padre le ordenaba ocultar su naturaleza, ellas la alentaban a aceptarla. Este conflicto entre lo que debía ser y lo que podía ser la marcó profundamente. En la escuela, Sayuki buscaba pasar desapercibida, tomando el rol de una alumna silenciosa, reservada, que prefería centrarse en sus estudios que en interactuar con sus compañeros. Vivir en la sombra se convirtió en su mecanismo de supervivencia, pues a su alrededor las diferencias entre su ser y el de los demás comenzaban a volverse más evidentes.

El desarrollo de su cuerpo, un proceso inevitable, pronto dejó claro lo que su padre tanto temía. El crecimiento de su miembro, fuera de todo control, empezó a notarse, y lo que antes era un pequeño bulto en su ropa pasó a ser imposible de ignorar. Aunque sus compañeros de clase comenzaban a murmurar y mirarla con desconcierto, fue en su hogar donde la vergüenza se convirtió en algo insoportable. Cada vez que su padre la veía, veía en ella no solo una hija, sino un recordatorio de su fracaso como hombre. Las humillaciones y los reproches se convirtieron en un ciclo constante. Fue entonces cuando el padre de Sayuki tomó una decisión que sellaría el destino de su hija: prohibirle absolutamente salir de la casa. No quería que el resto de la comunidad la asociara con los Fujimura, y su mente ya había dictado su sentencia: Sayuki era una vergüenza.

Así comenzó la reclusión de Sayuki. Su vida se redujo a los confines de una habitación y a la lectura de los libros y apuntes que sus hermanas le dejaban. Su único contacto con el mundo exterior era a través de los recuerdos de sus hermanas y de los pocos momentos en que, a escondidas, aprovechaba la ausencia de su padre. Los pequeños gestos de libertad, como salir al supermercado o tirar la basura, se convirtieron en momentos sacros, aunque siempre había un precio que pagar. Cuando su padre regresaba y descubría que había estado fuera, su furia era imparable. Los castigos eran severos, con agresividad física y verbal.

Pero sus hermanas, a pesar de ser conscientes de que su propia vida también estaba limitada por las estrictas reglas de su padre, no podían ignorar el sufrimiento de Sayuki. Decidieron que ya no podían permitir que su hermana siguiera viviendo esa pesadilla. Tras meses de sacrificios, ahorrando cada yen posible de lo que sus padres les proporcionaban, lograron reunir el dinero suficiente para cambiarle la vida. Compraron una maleta grande, ropa occidental, un teléfono móvil y, lo más importante, un billete de avión de solo ida. Habían contactado con una mujer norteamericana de origen japonés que vivía en un pequeño pueblo llamado Rockfield. Esta mujer había escuchado la historia de Sayuki y, conmovida por su situación, accedió a ofrecerle un hogar, pues ella misma había sido incapaz de tener hijos.

La noche en que le contaron el plan a Sayuki fue la más difícil de todas. Las hermanas se reunieron en secreto para contarle su decisión. A pesar de las lágrimas y el dolor, Sayuki aceptó la propuesta. Tenía miedo, por supuesto. Dejar a sus hermanas y abandonar todo lo que conocía era aterrador, pero también sabía que esa era la única oportunidad para poder ser ella misma. Aquella noche, Sayuki abandonó su hogar, sin saber exactamente qué le deparaba el futuro, pero con la certeza de que ya no podía quedarse en un lugar donde no era aceptada.

El vuelo hacia Rockfield fue largo y lleno de incertidumbres, pero a su llegada, la mujer que la esperaba la recibió con brazos abiertos. La acogió con una calidez que Sayuki nunca había conocido, ofreciéndole el amor y el apoyo que siempre había soñado. Vivir en un país tan diferente fue un desafío, pero también una liberación. El teléfono móvil, regalo de sus hermanas, se convirtió en un puente con su familia, y a través de él, Sayuki mantuvo el contacto constante con sus hermanas, que siempre la apoyaron, aunque ahora estuvieran tan lejos.

Rockfield, un lugar tan lejano y diferente, se convirtió en su hogar. Un hogar donde, finalmente, pudo ser quien realmente era. No sabía qué le depararía el futuro, pero por primera vez en su vida, Sayuki sentía que estaba escribiendo su propia historia.